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PRM, PLD y Fuerza del Pueblo: quién gana, quién cae y quién llega vivo al 2028

Durante más de una década, la política dominicana ha vivido una de las transformaciones más agresivas de su historia reciente. Lo que parecía un sistema político prácticamente definido terminó convirtiéndose en un tablero mucho más incierto, competitivo y fragmentado. En apenas doce años, el país pasó de una hegemonía casi absoluta del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), al ascenso acelerado del Partido Revolucionario Moderno (PRM), mientras la Fuerza del Pueblo (FP) emergía como una nueva fuerza con capacidad real de disputar el poder. Y aunque todavía faltan dos años para las elecciones presidenciales de 2028, la batalla política ya comenzó.

Las elecciones de 2016 representaron probablemente el momento más poderoso del peledeísmo moderno. Danilo Medina obtuvo más del 61 % de los votos, el PLD conquistó 29 senadurías, 127 diputados y controló la mayoría de las alcaldías del país. En ese momento, la percepción dominante era que el PLD había construido una maquinaria política prácticamente imposible de derrotar. El partido controlaba el Gobierno, el Congreso, buena parte del poder municipal y una estructura territorial extremadamente sólida. Mientras tanto, el PRM apenas comenzaba a consolidarse tras la división del PRD, y aunque Luis Abinader logró un importante 34.98 % de los votos, todavía parecía lejano a la posibilidad real de alcanzar el poder.

Sin embargo, detrás de aquella aparente estabilidad ya comenzaban a crecer tensiones internas que terminarían explotando pocos años después. La rivalidad entre Danilo Medina y Leonel Fernández fracturó profundamente al PLD y terminó provocando uno de los mayores reordenamientos políticos de las últimas décadas. Las elecciones de 2020 marcaron el punto de quiebre definitivo. Leonel abandonó el PLD, creó la Fuerza del Pueblo y arrastró consigo una parte importante de la estructura peledeísta. Esa división abrió completamente el camino para el ascenso del PRM.

Luis Abinader ganó la presidencia con más del 52 % de los votos, mientras el PLD cayó a 37.46 % con Gonzalo Castillo y la Fuerza del Pueblo debutó con casi un 9 % del electorado nacional. Pero quizá lo más importante de aquellas elecciones no fue solo la derrota del PLD. Fue el nacimiento de un nuevo modelo político dominicano donde el poder dejó de concentrarse en una sola organización y comenzó a dividirse entre tres grandes actores nacionales. Desde entonces, la política dominicana se volvió mucho más impredecible.

En 2024, el escenario volvió a cambiar, aunque esta vez el gran ganador fue el PRM. Luis Abinader logró reelegirse cómodamente con más del 57 % de los votos, y también consolidó una hegemonía institucional difícil de ignorar. El oficialismo obtuvo 29 senadurías y 147 diputados, cifras que le permitieron dominar ampliamente el Congreso Nacional y fortalecer su control territorial. La Fuerza del Pueblo, por su parte, terminó consolidándose como la principal fuerza opositora del país. Leonel Fernández alcanzó casi el 29 % de los votos y logró crecer significativamente en términos legislativos y políticos. Ya no se trata únicamente de un proyecto emergente: hoy es una organización con capacidad real de competir por el poder.

El gran derrotado fue el PLD. Abel Martínez apenas consiguió poco más del 10 % de los votos, reflejando una caída histórica para un partido que ocho años antes gobernaba con más del 60 % del electorado nacional. El desplome fue tan rápido que todavía muchos sectores políticos intentan entender cómo una estructura tan poderosa perdió tanta fuerza en tan poco tiempo.

Pero quizá el principal problema del PLD no es solamente electoral. Su crisis parece mucho más profunda. Durante años, el partido construyó su legitimidad alrededor de la estabilidad económica, la experiencia de gobierno y la capacidad de gestión. Sin embargo, después de las divisiones internas, los casos de corrupción y varias derrotas consecutivas, el PLD todavía no logra redefinir claramente qué representa políticamente en esta nueva etapa. Hoy enfrenta un desafío enorme: convencer al país de que todavía puede ser una opción competitiva y no simplemente un partido atrapado en la nostalgia de su pasado.

El PRM, aunque domina actualmente el escenario político, tampoco tiene el camino completamente asegurado. Gobernar desgasta. Y la historia dominicana ha demostrado que ningún partido permanece invulnerable demasiado tiempo. El oficialismo deberá enfrentar el desgaste natural del poder, las expectativas ciudadanas y las inevitables tensiones internas que surgen alrededor de cualquier sucesión presidencial. Además, el partido tendrá que manejar cuidadosamente la transición hacia un escenario sin Luis Abinader como candidato, algo que probablemente abrirá disputas internas importantes entre distintos sectores del oficialismo.

Mientras tanto, Leonel Fernández volvió a colocarse en el centro del tablero político dominicano. Muchos pensaban que abandonar el PLD equivalía a desaparecer políticamente. Ocurrió exactamente lo contrario. La Fuerza del Pueblo logró crecer rápidamente y hoy se posiciona como la principal oposición estructurada del país. Sin embargo, la organización también enfrenta un reto importante: crecer más allá del liderazgo histórico de Leonel y conectar con nuevas generaciones de votantes que no necesariamente vivieron sus años de mayor popularidad.

Quizá la principal lección que dejan estos últimos doce años es que el voto dominicano se volvió mucho más cambiante y menos predecible. El partido que parecía invencible en 2016 terminó desplomándose pocos años después. Un partido emergente como el PRM pasó rápidamente a dominar el sistema político. Y un liderazgo que muchos consideraban acabado, como el de Leonel Fernández, volvió a convertirse en actor central de la política nacional.

Por eso, aunque faltan dos años para el 2028, nadie puede dar nada por seguro. Faltan conflictos internos, alianzas, crisis económicas, negociaciones políticas y nuevos liderazgos por surgir. Pero algo sí parece claro: las próximas elecciones no serán solamente una competencia electoral más. Serán una batalla decisiva por definir quién dominará la próxima etapa política de la República Dominicana.

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