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Cuando una medalla revive nuestros prejuicios

Por Milcom Aaron

Cada vez que la República Dominicana organiza o participa en un gran evento deportivo ocurre algo que debería llenarnos únicamente de orgullo: nuestros atletas ponen la bandera en lo más alto, rompen récords y demuestran el talento que tiene este país.

Sin embargo, junto a las medallas también suele aparecer un fenómeno que resulta cada vez más preocupante: el racismo disfrazado de patriotismo. En lugar de celebrar el esfuerzo y la disciplina de quienes representan al país, una parte de la conversación en las redes sociales termina enfocándose en el color de piel de algunos atletas o en el origen de sus padres, como si esos elementos únicamente determinaran quién tiene derecho a ser reconocido como dominicano.

Los recientes Juegos Centroamericanos y del Caribe, celebrados en Santo Domingo, volvieron a poner esta realidad sobre la mesa. Mientras la delegación dominicana acumulaba triunfos y el país celebraba nuevas medallas, en distintas plataformas digitales resurgieron comentarios que cuestionaban la nacionalidad de atletas dominicanos de ascendencia haitiana o de piel oscura. No se debatían sus resultados deportivos; se debatía su identidad.

Fue precisamente en ese contexto que el medallista olímpico Luisito Pie decidió romper el silencio con una publicación que rápidamente generó miles de reacciones. En ella reveló que durante años ha recibido ataques racistas por sus raíces haitianas y respondió con una frase tan sencilla como contundente: «He recibido ataques racistas por mis raíces haitianas. A quienes cuestionan mi nacionalidad les respondo con respeto, pero con firmeza: soy dominicano.»

Más adelante añadió una reflexión que merece trascender las redes sociales: «Un verdadero dominicano no se define por el color de piel, apellidos o el origen de sus padres. Se define por amar esta tierra, levantar su bandera y trabajar por un país mejor.»

Las palabras de Luisito no solo hablan de su historia. También representan a miles de dominicanos que, a pesar de haber nacido en este país, sienten que constantemente deben demostrar que pertenecen a él. Personas que estudian, trabajan, pagan impuestos, forman familias y contribuyen al desarrollo nacional, pero que cada cierto tiempo son sometidas a un juicio público basado únicamente en su apariencia física o en la ascendencia de sus padres.

Lo preocupante es que este fenómeno se repite con demasiada frecuencia. Cuando un atleta de piel oscura obtiene una medalla, aparecen quienes intentan restarle mérito cuestionando su dominicanidad. Cuando pierde, el tema desaparece. Cuando gana, algunos vuelven a convertir su origen en el centro de la conversación. Es una contradicción difícil de entender: celebramos la medalla, pero ponemos en duda al medallista.

Como país, tenemos el derecho de debatir sobre migración, nacionalidad y seguridad fronteriza. Es un tema legítimo en cualquier democracia y el Estado tiene la responsabilidad de hacer cumplir sus leyes migratorias. Defender la soberanía nacional es compatible con el Estado de derecho.

Lo que no debería ser compatible con una sociedad democrática es utilizar ese debate para alimentar prejuicios o negar la identidad de ciudadanos dominicanos por el color de su piel o por la nacionalidad de sus padres. Son discusiones diferentes que con demasiada frecuencia terminan mezclándose.

La dominicanidad no puede convertirse en una categoría reservada para quienes cumplen con un determinado perfil físico. La historia de la República Dominicana demuestra exactamente lo contrario. Somos el resultado de múltiples influencias culturales, históricas y humanas que han dado forma a una identidad nacional compleja y diversa. Pretender reducir esa identidad a un color de piel o a un apellido es desconocer la historia del propio país.

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