Cada vez que ocurre un terremoto de gran magnitud en cualquier parte del mundo, la misma pregunta vuelve a surgir entre los dominicanos: ¿qué pasaría si un evento similar ocurriera aquí? La inquietud es válida. República Dominicana se encuentra sobre una de las zonas sísmicas más activas del Caribe y los especialistas coinciden en que un terremoto importante forma parte de los escenarios que el país debe contemplar.
La respuesta, después de revisar estudios científicos, informes técnicos y documentos de organismos nacionales e internacionales, es clara: República Dominicana ha fortalecido sus capacidades durante las últimas décadas, aunque todavía enfrenta importantes desafíos para responder a un terremoto de magnitud 7.5 con el menor impacto posible.
El país ocupa la parte oriental de la isla La Española, ubicada en el límite entre la placa del Caribe y la placa de Norteamérica. Ese contacto geológico genera una acumulación constante de energía que, eventualmente, se libera mediante terremotos. Entre las estructuras más importantes destacan la falla Septentrional, que atraviesa la región norte, y la falla Enriquillo-Plantain Garden, localizada al sur de la isla. Ambas han producido terremotos destructivos a lo largo de la historia y continúan siendo objeto de monitoreo por parte de la comunidad científica.
Un terremoto de magnitud 7.5 podría producir daños muy diferentes dependiendo del lugar donde se origine, su profundidad, la calidad del suelo, la distancia respecto a los principales centros urbanos y el estado de las edificaciones. En un escenario de este tipo, ciudades como Santo Domingo, Santiago, Puerto Plata, San Cristóbal, La Vega, San Francisco de Macorís y Barahona podrían experimentar consecuencias importantes, especialmente en sectores con alta concentración poblacional y construcciones vulnerables.
Uno de los principales avances del país ha sido la creación de normas para construir edificaciones más resistentes. República Dominicana cuenta con el Reglamento para el Análisis y Diseño Sísmico de Estructuras (R-001), que establece los criterios técnicos para diseñar edificaciones capaces de soportar movimientos sísmicos. También dispone de instituciones como el Centro de Operaciones de Emergencias (COE), la Oficina Nacional de Evaluación Sísmica y Vulnerabilidad de Infraestructura y Edificaciones (ONESVIE), la Defensa Civil, el Servicio Geológico Nacional y otros organismos que forman parte del Sistema Nacional de Prevención, Mitigación y Respuesta.
Sin embargo, la existencia de instituciones y reglamentos representa apenas una parte de la preparación necesaria.
Gran parte del parque habitacional dominicano fue construido antes de la implementación de las normas sísmicas actuales o mediante procesos informales que nunca recibieron supervisión técnica. Muchas viviendas presentan ampliaciones improvisadas, modificaciones estructurales, columnas debilitadas o materiales de calidad deficiente. Esa realidad incrementa considerablemente el riesgo ante un terremoto fuerte.
Los especialistas también han señalado la necesidad de evaluar miles de edificaciones existentes. Hospitales, escuelas, edificios públicos, puentes, elevados, instalaciones estratégicas y centros de gran concentración de personas requieren inspecciones periódicas para determinar su nivel de vulnerabilidad y priorizar intervenciones donde sean necesarias.
Otro desafío importante se encuentra en la planificación urbana. Durante décadas, el crecimiento acelerado de muchas ciudades ha dado lugar a asentamientos ubicados sobre terrenos inestables, laderas vulnerables o zonas con alta densidad poblacional. Un terremoto de gran magnitud podría provocar deslizamientos, interrupción de carreteras, daños en acueductos, redes eléctricas y sistemas de telecomunicaciones, dificultando la atención de la emergencia.
La preparación ciudadana también continúa siendo limitada. Mientras los huracanes forman parte de la cultura preventiva dominicana, los terremotos siguen siendo percibidos como eventos poco frecuentes. Muchas familias desconocen cómo actuar durante un sismo, qué elementos debe contener una mochila de emergencia, dónde cerrar el suministro de gas o electricidad y cuál es el punto de encuentro más seguro para reunirse después del evento.
La experiencia internacional demuestra que la preparación comunitaria salva vidas. En países con alta actividad sísmica, como Japón, Chile o México, la educación permanente, los simulacros y la cultura preventiva han reducido significativamente el impacto humano de terremotos muy intensos. La infraestructura influye enormemente, aunque el comportamiento de la población durante los primeros minutos también marca una diferencia considerable.



