Autor: Saulo Rosario, analista geopolítico
Los terremotos ocurridos el pasado 24 de junio marcaron uno de los peores desastres de la historia reciente de Venezuela. El estado de La Guaira resultó prácticamente devastado, mientras que varias zonas de Caracas también sufrieron daños de consideración. Al día de hoy las cifras de muertes ascienden a 2,200 y los heridos 11,200. Por supuesto, se espera que estas cifras aumenten debido a que hay más de 50,000 desaparecidos. Se teme que sean fallecidos que estén aún bajo los escombros. La NASA estimó que unos 59,000 edificios fueron afectados.
La ayuda internacional no se ha hecho esperar. Decenas de equipos de rescate han llegado desde diferentes partes del mundo. Los equipos dominicanos fueron los primeros en llegar, mientras que, Estados Unidos desplegó el buque de transporte anfibio USS Fort Lauderdale y el buque de combate litoral USS Billings en el Puerto de La Guaira, donde han servido como plataformas de apoyo logístico y atención médica.
Pero ¿qué le espera a Venezuela ahora? La dimensión de la tragedia aún ni siquiera se ha podido cuantificar. En principio se habla de unos 12,000 damnificados pero podrían aumentar a los 28,000 o más. Muchas de ellas podrían enfrentar serias dificultades para acceder a servicios básicos de salud o educación, viviendas o empleo. El gobierno ha anunciado refugios temporales pero la cantidad de personas bajo estas condiciones podría desbordar sus capacidades.
En estas circunstancias, el riesgo de una nueva ola migratoria venezolana aumenta considerablemente. Recordemos que mucho antes del desastre ya existían aproximadamente 7,9 millones de venezolanos migrantes en el exterior, principalmente en América Latina y el Caribe. Para evitar ese escenario será indispensable que la comunidad internacional, en coordinación con el Gobierno venezolano active un plan de apoyo económico amplio y sostenido para levantar las viviendas e infraestructuras y generar empleos. Si la reconstrucción no logra ofrecer condiciones mínimas de seguridad, vivienda y oportunidades económicas, es probable que muchas familias opten nuevamente por emigrar.
Los terremotos no cambian únicamente el paisaje físico de un país; también transforman su posición geopolítica. La reconstrucción de Venezuela no será solamente un desafío humanitario, sino una prueba para la cooperación internacional y para la estabilidad del continente. La historia demuestra que, cuando un Estado no logra recuperarse de una catástrofe de gran magnitud, sus efectos terminan cruzando las fronteras. En ese sentido, contribuir a la recuperación de Venezuela no solo responde a un imperativo moral, sino también a un interés estratégico compartido.



