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¿Y si es ella quien propone matrimonio?

Autora: Luz Mileydi Garcia

Históricamente han sido los hombres quienes piden matrimonio. Es una tradición tan arraigada que pocas veces nos detenemos a cuestionarla. Simplemente asumimos que así son las cosas: ellos eligen el momento, ellos hacen la pregunta y ellas esperan ser elegidas.

Pero ¿qué pasa cuando ocurre al revés?

¿Acaso no llevamos décadas defendiendo la idea de que las mujeres podemos elegir? ¿No estamos construyendo un mundo en el que se supone que somos dueñas de nuestras decisiones? Entonces, ¿por qué sigue generando tanto escándalo cuando una mujer decide pedirle matrimonio a su pareja?

Hace poco vi una publicación viral y los comentarios, por supuesto, eran horribles.

Mujeres ridiculizando a otra mujer.

Mujeres diciendo que ellas jamás harían algo así.

Mujeres afirmando que preferirían cualquier otra cosa antes de “llegar a ese punto”.

Pero es que la conversación nunca fue sobre ellas.

Estamos hablando de una mujer que, en pleno ejercicio de su autonomía, decidió pedirle matrimonio a la persona con la que quiere compartir su vida. Una decisión personal, íntima y profundamente suya.

Lo curioso es que muchas de las críticas parten de una idea que sigue estando demasiado presente: las mujeres debemos ser elegidas.

Como si nuestro valor estuviera ligado a que alguien nos escoja.

Como si tomar la iniciativa nos quita dignidad.

Como si expresar lo que queremos fuera una derrota.

Y ahí es donde me pregunto: ¿realmente hemos avanzado tanto como creemos?

Porque si seguimos pensando que una mujer pierde valor cuando deja de esperar pasivamente y decide actuar, entonces todavía hay muchas cadenas que no hemos roto.

Nadie conoce la intimidad de esa relación. Nadie sabe quién es ese hombre, qué han construido juntos, qué conversaciones han tenido o qué acuerdos existen entre ellos. Yo tampoco lo sé. Tal vez es una relación maravillosa. Tal vez ella encontró a alguien que considera valioso y decidió dar ese paso. Tal vez simplemente quiso hacerlo porque le dio la gana… Y eso debería ser suficiente.

No necesito compartir una decisión para defender el derecho de otra mujer a tomarla. De la misma manera que no necesito desear una vida determinada para entender que otra mujer pueda quererla. La libertad pierde sentido cuando solo defendemos las elecciones que se parecen a las nuestras.

Siempre he pensado que el feminismo es la capacidad de elegir.

Elegir nuestro camino.

Elegir nuestro destino.

Elegir qué hacer con nuestra vida, con nuestro cuerpo y con nuestras decisiones.

Cambiar las reglas cuando esas reglas ya no nos representan.

Porque los derechos no existen para unas cosas sí y para otras no. Los derechos no funcionan únicamente cuando las decisiones coinciden con nuestras preferencias personales. Los derechos existen para garantizar que cada mujer pueda decidir por sí misma, aunque su elección no sea la que nosotras habríamos tomado.

Porque la pregunta no debería ser qué haríamos nosotras. La pregunta correcta sería ¿estamos dispuestas a respetar que otra mujer haga algo diferente?

Eso incluye decidir estudiar.

Decidir no estudiar.

Decidir ser madre.

Decidir no serlo.

Decidir construir una carrera profesional.

Decidir ser ama de casa.

Decidir casarse.

Decidir no hacerlo.

Decidir a quién amar.

Y sí, también decidir pedir matrimonio.

A veces siento que muchas críticas hablan más de nuestras propias heridas que de las decisiones de otras mujeres. Porque que en mi vida no haya aparecido una persona por la que yo haría algo así, no significa que otra mujer no haya tenido esa experiencia. Que yo no quiera hacerlo no significa que nadie más deba hacerlo. Que no sea mi elección no la convierte en una mala elección.

Allá ella con su decisión.

Allá ella con sus motivos.

Allá ella con sus consecuencias.

Y si alguna vez me encontrara ante una decisión así, lo importante no sería lo que otros piensen de ella, sino que fuera una elección libre y consciente.

Lo verdaderamente revolucionario sería dejar de vigilar lo que hacen las mujeres y empezar a respetar su capacidad de decidir.

Porque al final, eso es lo que siempre hemos pedido: libertad.

Y la libertad solo es real cuando respeta y protege las decisiones que no habríamos tomado nosotras.

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