En el residencial Parque del Este, en Santo Domingo Este, dos mujeres fueron asesinadas por sus exparejas con nueve años de diferencia. Vivían prácticamente una al lado de la otra, en edificios separados apenas por un área verde. Dos historias distintas, dos momentos separados en el tiempo, pero un mismo patrón que resulta imposible ignorar. Ambas tenían 42 años. Ambas murieron a manos de sus parejas. Ambas dejaron hijas. No es solo una coincidencia trágica, es una señal que como sociedad no estamos leyendo con suficiente profundidad.
El lunes 23 de marzo de 2026, Aleny Pineda fue encontrada calcinada en su apartamento. Vecinos reportaron haber escuchado una detonación antes del incendio. Su expareja fue detenida y el caso continúa bajo investigación. Nueve años antes, el 9 de enero de 2017, María del Carmen Lara fue asesinada de un disparo por su expareja en ese mismo residencial. Él se entregó a las autoridades. Dos escenas distintas, pero conectadas por la misma raíz: la violencia ejercida contra mujeres dentro de relaciones de pareja.
Cada vez que ocurre un feminicidio, solemos detenernos en los detalles del caso. Buscamos entender qué pasó en las últimas horas, qué dicen los vecinos, cómo actuaron las autoridades. Sin embargo, rara vez nos detenemos con la misma urgencia a mirar lo que está debajo. Porque estos hechos no comienzan el día del crimen. Se van construyendo en dinámicas de control, en relaciones marcadas por desigualdad, en silencios prolongados, en señales que muchas veces se normalizan o se ignoran.
No estamos frente a hechos aislados. Estamos frente a una cultura que todavía arrastra una visión de poder sobre las mujeres, donde los celos se justifican, el control se disfraza de amor y la violencia se convierte, en algunos casos, en el desenlace de una cadena de comportamientos que no se detienen a tiempo. La violencia no surge de la nada, se aprende, se tolera y, en demasiadas ocasiones, se reproduce.
Por eso, hablar de feminicidio también implica hablar de los hombres. No desde una lógica de señalar individualmente, sino desde la responsabilidad colectiva de transformar los modelos de masculinidad que hemos construido. Las nuevas masculinidades no son un concepto teórico, son una necesidad urgente. Implican educar en la gestión emocional, en el respeto, en la resolución no violenta de conflictos, en la comprensión de que una relación no es un espacio de dominio, sino de igualdad.
Las instituciones, por su parte, siguen cumpliendo un rol fundamental en la respuesta. Hay investigaciones, detenciones, procesos judiciales. Pero la gran pregunta sigue siendo si estamos haciendo lo suficiente antes de que ocurra la tragedia. La prevención continúa siendo uno de los puntos más débiles. Muchas mujeres enfrentan barreras para denunciar, los sistemas de protección no siempre llegan a tiempo y la articulación entre actores todavía necesita fortalecerse.
Que dos feminicidios ocurran en el mismo residencial, en edificios contiguos, separados apenas por un área verde, con características similares y con nueve años de diferencia, debería sacudirnos más allá de la indignación momentánea. Nos obliga a preguntarnos qué ha cambiado realmente en ese tiempo y qué sigue exactamente igual. Porque cuando la historia se repite en el mismo lugar, deja de ser una coincidencia y se convierte en evidencia de que hay algo estructural que no estamos logrando transformar.
La indignación es importante, pero no es suficiente. Necesitamos ir más allá del impacto inmediato de la noticia y asumir una conversación más profunda, más honesta y más sostenida sobre la violencia de género en nuestra sociedad. Una conversación que no se diluya con el tiempo, que no se limite a reaccionar, que apueste por transformar.
Dos mujeres, en el mismo residencial, a pocos pasos de distancia, con nueve años de diferencia. El mismo desenlace. La misma deuda como sociedad. La pregunta que queda no es solo qué pasó, es por qué sigue pasando y cuánto más estamos dispuestos a tolerar antes de cambiar de verdad.



