Por Saulo Rosario
El trabajo de la diplomacia siempre ha estado asociado exclusivamente a eventos realizados en grandes hoteles y salones entre funcionarios gubernamentales. En un giro de modernidad y adapción a los tiempos, la más alta representación diplomática de una potencia como Estados Unidos comienza a recorrer colmadones y reunirse con representantes de distintos sectores políticos y sociales de República Dominicana.
Los colmadones dominicanos, al igual que las peluquerías y autobuses públicos, son espacio donde se conversa y se expresan opiniones sobre los dintintos problemas nacionales, los asuntos políticos y hasta temas personales en un ambiente de informalidad. Llevar la diplomacia a estos lugares supone abandonar, al menos parcialmente, la solemnidad de los despachos para entrar en contacto con la cotidianidad del país.
Pero sería ingenuo interpretar estas visitas únicamente como gestos de simpatía cultural. La diplomacia también es observar, escuchar, identificar interlocutores, comprender intereses y construir relaciones. Una buena conversación informal puede ofrecer información social y política que difícilmente se obtiene durante una reunión protocolar.
En un contexto internacional marcado por la competencia entre grandes potencias, la seguridad regional, la migración y las relaciones económicas, el arte de la diplomacia pública adquiere una importancia estratégica. La cercanía con la ciudadanía y con actores políticos, empresariales, sociales y culturales puede contribuir a fortalecer el entendimiento bilateral, pero también permite a una potencia proyectar su imagen y ampliar su capacidad de influencia.República Dominicana, por su posición geográfica en el Caribe y sus estrechos vínculos económicos y migratorios con Estados Unidos, constituye un escenario relevante para esa labor diplomática.
Lo importante aquí es entender e interpretar las nuevas formas en que la diplomacia puede tener presencia, qué objetivos persigue y qué provecho obtiene la sociedad dominicana de ella. En República Dominicana, donde buena parte de la política se discute entre un café, una cerveza y una partida de dominó, quizá Washington haya comprendido que, para entender el poder a veces hay que salir de la embajada y sentarse en el colmadón.



